Hilda Molina y la ayuda del periodismo internacional

La médica cubana Hilda Molina rompió con el régimen en 1994 y, a partir de ahí, se volvió dependiente de la ayuda exterior para poder sobrevivir a las presiones. En esa circunstancia era clave lo que hicieran los corresponsales que están en la isla. Es lo mismo que ha ocurrido con el periodismo internacional durante las distintas dictaduras. Los corresponsales extranjeros son una voz clave para hacer visibles a los disidentes bajo el techo de la dictadura y aumentar así los costos al régimen de reprimirlos.

En su muy entrañable autobiografía, Hilda explica su relación con los corresponsales:

“Varios periodistas extranjeros acreditados en Cuba, al tanto de rumores acerca de mi dimisión, se interesaron en mis testimonios, me entrevistaron y difundieron sus versiones de tales entrevistas. Sin embargo, salvo algunas pocas excepciones, ni estos ni otros que se hicieron eco de la noticia o que conversaron conmigo desde el exterior por la constantemente boicoteada línea telefónica, fueron capaces de captar la verdadera esencia de lo sucedido” (p. 320).

Luego escribe: “la prensa extranjera acreditada en Cuba colaboró con nuestra cruzada no obstante las amenazas de expulsión que pesan sobre sus corresponsales si no se atienen a las regulaciones del régimen. Se destacaron por su quehacer, Agencia Reuters, Agencia EFE, Agencia AP, Televisión Española, Agencia France Press, BBC, CNN (solo en los últimos años)” (p. 402)

Al final, agradece tras su llegada a la Argentina a muchos sectores, pero dedica un especial agradecimiento a seis diarios argentinos (desde La Nación a Página 12), a cinco revistas (de Caras a Veintitrés), nueve canales (desde Canal 7 hasta C5N), nueve radios muy varias, y tres propietarios de medios (Daniel Hadad, Bartolomé Mitre y Alberto Pierri), y menciona luego por el nombre casi a cincuenta periodistas argentinos, de todo pelaje y condición. Escribió que “la prensa, en especial la prensa argentina, fue el vehículo transmisor que hizo llegar hasta el corazón mismo del noble pueblo argentino, el dolor de mi familia y la lucha por reivindicar ese dolor” (p. 401).

Los tres comunicadores argentinos a los que Hilda quiere agradecer más son Mirtha Legrand, Chiche Gelblung y, sobre todo, a Oscar González Oro. Sin duda, una trinidad poderosa para instalar una demanda pública en Argentina.

Fíjense cómo en otra etapa histórica (Argentina, 1977), también los disidentes (Madres de la Plaza de Mayo) realizan un llamado desesperado a los corresponsales extranjeros:

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