¿El fin de Kapuscinski?

La biografía de Kapuscinski está bien escrita y es muy exhaustiva pero tiene alguna mala leche. Intenta ser fría como el acero para juzgar varias facetas del periodista polaco, pero se le nota alguna inquina a Arthur quién intenta canalizar a través de una prosa racional y equilibrada, que varias veces desbarranca, sobre todo cuando habla de las amantes o de la relación del periodista con su hija. Hay una dualidad en la biografía que consiste en reconocer el talento, la audacia, la mirada especial, su valentía, para después sugerir lo contrario.

El autor se dice “discípulo y amigo” en los últimos nueve años de su vida, pero no se le nota. En síntesis, este es un libro fundamental para entender a Kapu pero hay que descontar los abusos del estilete del biógrafo.

Ya de arranque el autor se basa en la sonrisa de Kapu para iniciar un retrato sicológico de una persona poco sincera. Este es un buen caso para la saga de El periodista y el asesino de Janet Malcom, en el que se describe la relación perversa que un periodista puede tener con su entrevistado.

Hablemos de lo bueno que tiene este trabajo. El libro tiene una información muy buena sobre la vida periodística de Kapu y también sobre su vida política. Por desgracia es una biografía donde Kapu no fue entrevistado, pues se comenzó a hacer después de su muerte. Hay materiales personales muy importantes, y diálogos previos con el autor, pero falta la voz directa de él.

La vida política de Kapu es muy activa. En la universidad fue líder de la Juventud Comunista en la Facultad de Historia. Cuando pidió su admisión al partido en 1952 escribió, lo que sería de rigor en esa época, “juro proteger y fortalecer el Camarada Stalin” (p. 83). Hacia fines de los sesenta un amigo le preguntó cómo pudo apoyar eso en aquellos años, y él respondió “nosotros no sabíamos nada de aquellas cárceles”, y explicó “en mi entorno no había personas así. En aquellos tiempos ‘a los enemigos del pueblo’ no se los admitía en la universidad” (p. 92). Años después, en Lapidarium, escribió: “Una de las características principales de la situación totalitaria es el bloqueo absoluto de la información ya en el nivel del individuo: la persona calla; ve y sabe, pero calla. El padre teme abrir la boca ante el hijo; el marido, ante la mujer. Ese silencio o se lo imponen, o lo elige ella misma como una estrategia de supervivencia” (p. 93).

Kapu -como dice el biógrafo que le dicen solamente en América Latina-  era un fiel miembro del partido y creyente del comunismo polaco. Tuvo posiciones críticas en varias oportunidades pero siempre desde dentro y no en una actitud disidente o abiertamente democrática. Incluso cuando fue a cubrir las huelgas de Gdansk se solidarizó de varias formas con los obreros, firmaba declaraciones críticas, pero no se convertía en un disidente abierto y frontal. Nunca escribió para revistas clandestinas.

En su trabajo en la agencia de noticias polaca tenía varios encargos: debía escribir las crónicas para los medios polacos, pero también los análisis para el boletín especial de la PAP que era de circulación restringida entre determinados niveles del partido, la que luego se fue ampliando hasta llegar a las bibliotecas. Había también un trabajo adicional que consistía en, después de cada viaje, contar sus impresiones a sus amigos más encumbrados del partido.

Es interesante la descripción del campo periodístico polaco. Las revistas y los periódicos de cada época tenían siempre diferentes matices entre sí, siempre había alguno un poco más aperturista y eso se iba regulando desde el poder partidario hasta que se producía alguna crisis y eso llevaba a un nuevo reordenamiento del campo periodístico. El mismo Kapuscinski es a veces la mano que tira la piedra para ampliar los límites de lo decible. Nowa Huta era un complejo industrial que era “el símbolo del socialismo polaco” y lo mandaron a Kapu a describirlo. Su relato fue humano y en gran medida crítico, muy  alejado de los textos propagandísticos. Su forma de narrar logró generar una fisura en el partido e instalar una visión menos dulce de ese lugar. Esto ocurrió varias veces en la relación entre el periodista y el poder censor. Su prestigio y su forma de contar de una manera tan contundente las cosas que funcionaban mal, les hacía difícil a los censores prohibir sus textos. Los funcionarios del partido lo disfrutan como lectores, y eso parece haberles bloqueado a ellos mismos su control político. Entre los periodistas polacos rápidamente se va convirtiendo también en una celebridad. Dice Arthur: “K resulta ser un maestro esquivando. Muchos de sus amigos y conocidos me han llamado la atención sobre su capacidad para evitar las confrontaciones y los choques frontales. No rechaza un encargo político para escribir un reportaje, pero lo redacta de tal manera que no cumpla las demandas de quien lo había encomendado. No iba con su carácter decir ‘no’. Nunca fue un disidente ni un contestatario, nunca creyó que su misión fuera dar en el ejemplo en el terreno de la moral; pero al mismo tiempo quiso evitar que se le pusiera la etiqueta de propagandista, de reportero al servicio del régimen” (p. 180).  Los textos nacionales e internacionales tienen casi siempre una dimensión crítica muy fuerte del régimen pero son leídos, por su talento, de otra forma. Como dijo un amigo suyo: “una obra maestra: escribir tanta verdad sin recurrir al estilo abiertamente crítico” (p. 243). Solo así pudo zafar de cuando lo mandaron a la URSS a hacer una serie de notas sobre los 50 años de la revolución de Octubre (p. 243).

En 1967 Kapu llega a América Latina. Primero es expulsado de Chile pues uno de sus artículos hablaba de la posibilidad de un golpe de estado contra el presidente Frei Montalva. Lo había preparado para el boletín restringido, pero por un error en Varsovia circuló por el servicio de la agencia. Luego viajó a Bolivia a recorrer los lugares por donde estuvo el Che, y luego se va a Perú a traducir El Diario del Che. La difundieron por el Boletín Especial, pero hay trabas para “publicarla en abierto” (p. 255). Luego va a Rio de Janeiro donde se instalaría la oficina de la agencia. Luego México. A Cuba iría una sola vez.

En varias oportunidades tuvo que renunciar a la redacción, o acompañar la renuncia colectiva, por algún episodio de control por parte de las autoridades partidarias (p. 133). Tuvo amigos de su misma generación que iban escalando posiciones en el partido mientras él hacía su carrera periodística y entonces se le va armando una red de apoyos que le da protección.

Los mejores capítulos, en mi opinión, son:

(1) Cuando tiene que cubrir la huelga en los astilleros de Gdansk (“La última revolución, el último golpe”, pp-371-407,  el mejor capítulo).

(2) “Faction”. p. 439 a 465 capítulo clave sobre facts and fiction:  “El reportero corrige la realidad o ¡los críticos de todos los países se unen!”.

(3) Y el otro clave es “La carpeta”, pp.533-564, sobre su participación en el espionaje polaco.

Algunos dijeron que esta biografía terminaría con el periodista polaco. No lo creo en absoluto. En mi caso, me sirvió mucho para entender mejor lo incomprensible de que uno de los mejores periodistas del siglo veinte salga de una dictadura.

Me quedo con una de las última anotaciones del periodista polaco antes de morirse: “Una sensación terrible de impotencia, pierdo el contacto con el mundo, con la luz, con el entorno, con la realidad, todo se aleja, desaparece” (p. 610).

Arthur Domoslawski, Kapuscinski Non Fiction, El hombre, el reportero y su época. Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2010. 

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