El periodismo en las decisiones de Bush

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En sus memorias, George W. Bush, da pocas pistas sobre su percepción del periodismo. La referencia más importante que encontré es cuando describe el día siguiente de su entrega del poder a Obama. En pocas líneas dice todo: “I would read the news and instinctively think about how we would have to respond. Then I remember that decision was on someones else’s desk” (p.475).

Ese indicio de que la prensa es central en la estructuración de la gestión presidencial es confirmada por cómo estaba configurada su rutina: levantarse a eso de las 6, leer la biblia, correr un rato y luego sacarle el jugo a los diarios del día, antes del reporte habitual de la CIA.

El hecho más relevante que cuenta el libro sobre la relación con la prensa es cuando les pidió a Arthur Sulzberger Jr, publisher del The New York Times, y a Bill Keller, director del diario, que lo visiten en la Oficina Oval. Les pidió que detengan, por razones de seguridad nacional, una investigación sobre los criterios  de espionaje contra el terrorismo que estaban utilizando, el TSP (Terrorist Surveillance Programa). Allí los esperaban, además del presidente, el jefe de la agencia de seguridad nacional, y varios funcionarios centrales para explicarles entre todos porqué deberían permanecer callados.  Los periodistas hicieron pocas preguntas, según Bush,  y sólo se comprometieron a evaluar esa posibilidad. A los diez días, Keller informó a la Casa Blanca que la historia se iba a publicar. De hecho, dice Bush, cuando se lo informaron la nota ya estaba publicada en la web, con el título “Bush lets u.s. spy on callers without courts” y ese mismo día el Senado bloqueó la aprobación de una ley sobre el tema.

El presidente consideró una traición esa filtración, e inició una investigación interna desde el Departamento de Justicia  para revelar la fuente, que no llegó a nada.

Las columnas publicadas en los diarios líderes son también hechos políticos. Así interpretó Bush una columna escrita por el asesor de seguridad nacional de su padre, Brent Scowcroft, titulada “D’ont Attack Saddam”. Le molestó que esa nota fuera utilizada por los críticos para perjudicarlo.

De todos modos, es evidente que existen relaciones tan fuertes y estrechas como siempre entre los funcionarios y los periodistas. Cuando Bush hizo su primer y secretísimo viaje a Iraq lo hizo en un avión presidencial con periodistas que habían recontrajurado mantener el secreto (p.265). Esto demuestra que los códigos están intactos.

En su relato del 11 de septiembre y de los días posteriores, tampoco dice mucho de los medios, pero sí de “la niebla informativa”, de cómo en esos momentos se recibe información de muy distinto valor, mucha de ella que se probaría falsa, pero que incide en la toma de decisiones. Es evidente que el periodismo profesional en esas circunstancias debe evitar convertirse en una propaladora ciega de la confusión, y remarcar lo que efectivamente se puede probar.

George W. Bush, Decision Points, Random House, Washington, 2010.

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