La Silla del Águila: la presidencia de México

Carlos Funtes con el actual presidente de México, Enrique Peña Nieto

El premio nobel mexicano, Carlos Fuentes, escribió una novela para describir el actual sistema político mexicano. La publicó en el 2002 y la historia transcurre en el 2020 (La silla del águila, Santillana, España, 2002) (en la foto, Fuentes a la izquierda del actual presidente de México, Enrique Peña Nieto)

El periodismo mexicano ha sido en gran parte cómplice lógicamente de ese sistema político, y todavía tiene muy fuertes contradicciones y un desarrollo limitado que no permite el despliegue de su potencial. Fuentes habla poco de periodismo.  Mucho habla, en cambio, de lo que significa el poder.

Por un conflicto, Estados Unidos bloquea un centro de comunicaciones en Florida y eso deja a México sin comunicaciones. La única forma de comunicarse es por carta, y entonces los distintos actores políticos se escriben entre sí. La novela está armada con setenta cartas que políticos se envían entre sí para definir la sucesión presidencial.

“Conoces todas las palabras-talismán. Democracia, patriotismo, régimen de derecho, separación de poderes, sociedad civil, renovación moral. Lo peligroso es que crees en ellas. Lo malo es que las dices con convicción…..Has entrado a la selva y quieres matar leones sin antes cargar la escopeta” (p. 14)

“Este chico es sumamente inteligente pero piensa en voz alta. Aún no aprende a ensayar primero lo que va a decir más tarde. Dicen que escribe bien. He leído sus columnas en los periódicos. Aún no sabe que entre el periodista y el funcionario solo puede haber un diálogo de sordos”. (p. 14)

Antes de la apertura democrática del año 2000, a México se le llamaba la dictadura perfecta, o dictablanda. En un párrafo, Fuentes la describe como una élite política que aceptaba críticas de una élite intelectual tolerada. Fuera de ese diálogo de élites, había dictadura.  “La dictablanda del PRI era suavizada por un cierto margen de tolerancia hacia las élites mexicanas, sus criticas,  burlas y opiniones generalmente poco informadas. Poetas, novelistas, uno que otro periodista,los cómicos de carpa, los caricaturistas, nuestros inefables muralistas, podían decir y dibujar más o menos lo que quisieran. Eran criticas de la élite intelectual a la élite gubernamental, o necesarios escapes de vapor, como los cómicos de Soto a Beristain a Cantinflas y Palillo. Ellos gozaban de esta graciosa concesión. Pero los cineastas no, la mayoría de los periodistas no, los sindicatos independientes ni hablar”. (p. 57).

Fuentes capta uno de los recursos claves, sino el principal, del poder, que es la voz. “Un Presidente tiene que demostrar desde que se sienta en la Silla del Águila, que hay solo una voz en México, la suya. Así se llamaba el emperador azteca, Tlatoani, el Señor de la Gran Voz. Eso nos impone el sitio que ocupamos, la Silla del Águila: ser dueños de la Gran Voz. De la única voz” (p. 96).  Más adelante, insiste con que el Presidente debe ser visto y oído: “Hace falta algo. ¿Y sabe lo que hace falta? Falta usted. Falta que la gente lo vea a usted. Se está usted convirtiendo, como tantos de sus antecesores, en el gran solitario del Palacio, el fantasma que ocupa la Silla del Águila. Reaccione, se lo ruego. Aun es tiempo. No dé la impresión de que es el juguete de fuerzas incontrolables. Deje de mirar el horizonte como un iluminado en fechas de fasto –Grito de Independencia, Mensaje de Año Nuevo, Cinco de Mayo-. Mire a la cara de la gente, déjese mirar por la gente, pero que lo vean actuar, a usted, no a sus achichincles. Que su voz, señor Presidente,  llene la plaza y llegue a cada rincón del país. La política vive en el espacio hasta donde llega la voz del Presidente. ¿Ha probado usted los límites de su voz? ¿Ha medido las fronteras entre la acción y la inacción? Un presidente debe existir para los ciudadanos. Si no lo hace, le retiran el homenaje esperado” (p. 119).

Por supuesto, en su novela la política es el arte de la simulación, del cinismo y de la más cruda desidealización de la búsqueda y el uso del poder. Macbeth y Maquiavelo son las referencias de Fuentes.  Desde el análisis de la política, el autor es poco sofisticado.

Nadie es confiable. Nunca hay que confiar en nadie. “Para conservar las costumbres, violemos las leyes”, dice uno de los protagonistas (p. 341). No hay que ser sincero. “Recuerde que en política no hay principios. Hay instantes. Y la fuerza para pescarlos al vuelo. Es otro nombre de la astucia” (p. 200).

En varias oportunidades, la prensa es el lugar donde aprovechar ese instante, o provocarlo. Como cuando se filtra a la prensa el hijo secreto que tenían dos de los principales arquitectos de la sucesión presidencial (p.226). También tras ese intento de reventar dos carreras políticas a través de la prensa, se muestra el intento de solución. El Presidente se reúne con los directores de los medios de comunicación para pedirles silencio. El Presidente les dijo: “mírense al espejo y digan si uno solo de ustedes no posee un secreto de amor en su pasado. Maten la noticia. Nunca les he pedido un favor personal. Si lo hago esta vez es porque concierne a una dama. Y también, ustedes lo entienden, a mi propia investidura” (p. 227). En la p. 304 un ministro describe su conversación con el director de un diario, en la que quiere pedirle un favor y el periodista se hace el insobornable.

Fuentes hace muchas alusiones a una Argentina caótica. Está escribiendo durante el 2001, el año de nuestro último estallido conocido.  Como broma entre novelistas, Martín Caparrós es un criminal político (p. 314 ), y luego fantasea con que César Aira será el primer argentino que ganará el Premio Nobel de Literatura.

También sobre México hay dos joyas que no hemos comentado aquí: la miniserie “El Encanto del Aguila”, sobre la revolución mexicana, y la película “La ley de Herodes”. Ambas muy buenas.

La Silla Del Aguila

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