Lecciones sobre qué es un político, de Michael Ignatieff

michael

El académico canadiense, Michael Ignatieff, célebre por sus libros El Honor del Guerrero, Sangre y Pertenencia, o  El Mal Menor, fue tentado para ingresar a la política canadiense, después de tres décadas de no vivir en su país. Aceptó y se convirtió en el líder de la oposición, por el Partido Liberal, durante unos pocos años. En este libro narra su inmersión en ese mundo y su caída. Es, por lo tanto, una gran reflexión sobre la política como actividad (Michael Ignatieff, Fuego y cenizas. Éxito y fracaso en política, Taurus, Madrid, 2014).

Es una historia personal casi una biografía de su siquis durante su experiencia política. Aquí he seleccionado algunas de las ideas que más me llamaron la atención:

“La política pone a prueba tu capacidad de conocerte más que cualquier otra profesión que yo conozca”, p. 20

…”narrar, controlar e imponer tu historia a la opinión pública constituye la tarea esencial de todo aquel que se presente a un cargo público”, p. 41

…”la dramatización es la esencia de la política”, p. 41

…”la política real no es una ciencia, sino más bien el intento incesante de unos avispados individuos por adaptarse a los acontecimientos que Fortuna va situando en su camino. Sus aptitudes básicas pueden aprenderse, pero no pueden enseñarse. Mientras que el medio natural de un pintor es la pintura, el de un político es el tiempo, porque debe adaptarse repentinamente a sus cambios repentinos, inesperados y brutales. (….). Cuando llamámos a la política el arte de lo posible nos referimos a lo que es posible aquí y ahora. (…). Un político inteligente entiende que lo único que puede hacer es explotar los acontecimientos en su propio beneficio. Aunque siempre se califica a los políticos de oportunistas, el arte de la política consiste esencialmente en ser un maestro del oportunismo”, p. 50-51

…….”Aunque en ese momento aún no me había dado cuenta, había atravesado el espejo y llegado al especial universo psiquico de todo aquel que pugna por un cargo publico. Estaba a punto de pasar los siguientes cinco años de mi vida en un estado de dependencia constante de la opinión de los demás. (….) Si uno no se ha presentado para un cargo electivo no puede entender del todo lo dependiente que te vuelves de ese plebiscito diario, de las claves, las miradas de reconocimiento, los gestos de desaprobación que los ciudadanos te envían cuando estás ahí fuera, en la calle. Yo me apoyaba más en esto que en las encuestas”, p. 56

“Hacer política de puerta en puerta también te hace reflexionar acerca de los mundos tan distintos que un político debe reconciliar”, p. 62

“En el instante en que entras en una competición política, tus oponentes empiezan a definirte, si no les haces frente, puedes acabar perdiendo el control de tu candidatura”, p. 70

“Una vez que has entrado en política, siempre estás bajo los focos. Nunca te saltas una cola, nunca te muestras impaciente con un conductor o con el personal de recepción de un hotel. Nunca pierdes los nervios. Nunca te olvidas de sonreír cuando alguien se acerca a hacerte una foto contigo o a pedirte un autógrafo. Durante todo ese tiempo te olvidas de tu vida privada. La gente te está observando”, p. 72

“La política tiene que seguir siendo algo corpóreo porque la confianza es corpórea”, p. 74

“Tuve que olvidarme de ser listo, retórico y fluido en mi discurso, y empezar a valorar la importancia de establecer una conexión, cualquier tipo de conexión, con la gente que me escuchaba. Aprendí a encontrar alguna historia de mi propia vida que les dijera ‘os conozco, y vosotros me conocéis a mi’”, p. 75

“La política es algo muy físico. Tus manos tocan, chocan y aprietan, y tus ojos están siempre buscando el contacto. Nada de esto me salía en forma natural. Yo tendía a bajar y desviar la mirada cuando la gente me hablaba. Siempre había confiado en las palabras y por ello dejaba que hicieran su trabajo, pero en política el verdadero mensaje es el físico, el que envían tus ojos y tus manos. Digas lo que digas, tu cuerpo debe estar comunicando que se puede confiar en ti”, p. 76

“….comencé a contemplar nuestro país como algo político, no natural. En el momento en que empiezas a ver un país como un ejemplo de voluntad cotidiana y sostenida en el tiempo, entiendes por qué son importantes los políticos, individuos que reunen en una misma habitación a personas que quieren cosas diferentes para encontrar aquello que comparten y que desean hacer juntas. Un país es una ‘comunidad imaginada’ y los políticos son quienes representan aquello que compartimos y quienes dan con los compromisos que nos permiten vivir juntos y en paz”, p. 85

“Cuando entras en política dejas atrás el mundo amable en el que la gente te concede un cierto margen de error, acaba tus frases por ti y acepta que en realidad no querías decir lo que has dicho, para entrar en un mundo de literalidad hasta extremos impensables en el que solo cuentan las palabras que han salido de tu boca”, p. 99

“Las cuestiones políticas se dividen más o menos en dos tipos: aquellas que importan solo a los políticos y al pequeño grupo de la prensa política y los partidarios que siguen el juego, y aquellas mucho menos numerosas que importan a la gente en general. Puedes destruir tu carrera si confundes el primer tipo con el segundo”, p. 129

Ignatieff recibió un golpe político muy fuerte a través de una larga campaña de publicidad negativa en televisión, en la que avisos pagados por el Partido Conservador lo acusaban de estar “solo de visita” en Canadá. No pudo revertir nunca esa campaña y eso, según él, fue lo que lo destruyó. Según Ignatieff, el ataque fue certero y mortal porque no se hizo contra lo que había dicho, sino contra el “derecho a ser escuchado”, lo que para él es la “primera línea de combate en la política moderna”(p. 157)

“…este derecho  (a ser escuchado) no es en realidad un derecho. Es un privilegio que los votantes le otorgan a uno. Es una forma no transferible de autoridad. (….). Los candidatos primerizos, como yo mismo, aprenden bien pronto que la selección que efectúa el partido, los apoyos y nuestros currículos supuestamente impresionantes no nos confieren el derecho a ser escuchados por nuestros votantes. Si piensas que posees este derecho, estás condenado a perder. Hay que salir y ganarlo, cara a cara, puerta a puerta, llamada a llamada. Para decidir si te otorgan ese derecho, los votantes escuchan a los partidos políticos, a los vecinos y a l s miembros de la familia, pero cada vez más toman sus decisiones solos, enfrente del televisor o de la pantalla del ordenador. En lugar de dar más poder al votante, esta soledad se lo resta, aumentando la influencia de los anuncios en horas de máxima audiencia, la misma publicidad negativa que fue utilizada tan efectivamente en mi contra. (….)Las encuestas de opinión pública refuerzan el efecto de la publicidad negativa y tienen un papel excesivamente significativo a la hora de determinar quién deben ser escuchado. Cuando las encuestas dicen que tus índices de aprobación son bajos, puedes hablar todo lo que quieras, pero nadie va a escucharte”, p. 161

“Todo el mundo tiene cierta confianza en su capacidad para decidir si confiar en otro ser humano, y esta es la evaluación fundamental que tiene lugar en una elección. El motivo racional por el que en la política los temas importan menos que la personalidad, y por el que las elecciones giran en torno a que candidato se gana su derecho a ser escuchado, es que los votantes valoran para decidir quien es digno de ser escuchado y quien es digno de confianza. Para decidir en quien confiar, los votantes se centran en la cuestión de si el candidato es como ellos o no”, p. 164

“Con la prensa traté de ser directo, evitaba crear favoritos, me mantuve alejado de las declaraciones off the record, y evitaba cualquier comentario que pudiera volverse contra mi posteriormente”, p. 173.

Ignatieff recuerda algunos casos en la que periodistas “sin escrúpulos” se plegaban a los ataques contra él, y también que era muy difícil evitar que miembros de su bancada filtraran a l

os periodistas las discusiones internas.

“La dramatización de la elección, presentándola en tonos de blanco y negro, es esencial si confiamos en despertar a los votantes de su estado de letargo”, p. 182

“Si un político no es partidista, no da la cara por las ideas de su equipo y comienza su propia línea de discurso, no es un político sino un necio”, p. 182

En el último capítulo, Ignatieff habla de una tradición de políticos que no la pasaron bien en la política, y que escribieron brillantes reflexiones sobre la política: Maquiavelo, Cicerón, Madison, Tocqueville, Burke y el propio Weber.

Antes de entrar en política, era profesor full time de la Escuela de Gobierno de Harvard. Ahora volvió a serlo.

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